Este blog pretende dinamizar la observación de aves en nuestra región. Publicaremos observaciones y noticias de aves, anunciaremos actividades y a través de él cualquiera puede convocar una actividad relacionada con las aves que quiera hacer
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sábado, 19 de octubre de 2013

La Degollada en Otoño

ARTÍCULOS. DÓNDE OBSERVAR AVES

La Degollada es un humedal artificial situado cerca de Calahorra, que fue construido a modo de compensación por la destrucción a finales del siglo XX del humedal del embalse de La Estanca-Perdiguero, cuyas obras de recrecimiento arrasaron lo que otrora fuera una de las zonas húmedas de interior más importantes de todo el norte peninsular.

Aunque actualmente La Degollada no es más que una triste caricatura de lo pretendido, podemos considerarlo como un lugar muy interesante no ya sólo por sus lagunas, sino por encontrarse en el entorno del monte de Los Agudos, donde se encuentra la repoblación de pino carrasco más importante de toda La Rioja y donde los pequeños barrancos formados por las escorrentías forman un singular paisaje, las yasas. 
Situación de embalse de La Degollada. Calahorra




Un paseo otoñal por la zona permite apreciar gran parte de la biodiversidad de este pequeño pero variado ecosistema. No es necesario recorrer grandes distancias ni hacer un elevado esfuerzo físico. Existen habilitados unos cómodos caminos a modo de recorrido, a lo largo de los cuales se encuentran observatorios, miradores y paneles informativos que informan con mayor o menor acierto sobre lo que los ojos de uno pueden ver desde allí.


Un día cualquiera de octubre:
Comenzando el recorrido por la zona de las yasas nos encontramos en un entorno semiestepario, donde entre arbustos y matas podremos ver a las últimas collalbas grises (Oenanthe oenanthe) en migración hacia sus cuarteles de invierno en África. También otras aves residentes como la cogujada común (Galerida cristata), las currucas cabecinegra (Sylvia melanocephala) y rabilarga (Sylvia undata) o rapaces como el cernícalo vulgar (Falco tinninculus), el aguilucho lagunero (Circus aeruginosus) y el ratonero común (Buteo buteo), que buscan pequeños animales en los campos y alrededores del humedal.

Collalba gris (Oenanthe oenanthe). Foto archivo

Una vez llegados a las lagunas, nos topamos con la primera de ellas. Una laguna de decantación cuyas orillas de piedra le dan un aspecto muy poco natural por no decir espantoso. Este es un buen lugar para observar especies como el zampullín común (Tachybaptus ruficollis), también anátidas como el ánade azulón (Anas platyrhynchos) o el pato cuchara (Anas clypeata), pero sobre todo para ver cantidad de fochas (Fulica atra), que se alimentan de los abundantes y dañinos cangrejos rojos. En sus orillas es común encontrar lavanderas blancas (Motacilla alba) y pequeños limícolas como los andarríos chico (Actitis hypoleucos) y grande (Tringa ochropus). 

Andarríos chico (Actitis hypoleucos). Foto archivo

De camino a la segunda laguna -la de mayor tamaño- pueden verse pequeños grupos de jilgueros (Carduelis carduelisy pardillos (Carduelis cannabina), que picotean las flores secas y marchitas de los cardos, también algún triguero (Emberiza calandra) encaramado sobre las tamarices y entre éstas, resultan muy numerosos los ejemplares juveniles de mosquitero musical (Phylloscopus trochilus), que aprovechan las zonas húmedas plagadas de mosquitos para reponer fuerzas y continuar su viaje hacia el África subsahariana.

Otra especie norteña que se encuentra de paso es el pechiazul (Luscinia svecica), precioso pájaro que prefiere las zonas de vegetación más próximas a la orilla de la laguna. Aquí nos encontramos con el primer observatorio, situado en un punto estratégico para poder divisar gran parte de la laguna sin asustar a sus moradores; ánades azulones y patos cuchara se alimentan de minúsculos animales en la superficie del agua, mientras que garzas reales (Ardea cinerea) y somormujos lavancos (Podiceps cristatus) pescan cangrejos, ranas y pequeños peces. Las abundantes lluvias de este año han mantenido alto el nivel de las aguas, por lo que al menos este año no hay lugares adecuados para la observación de limícolas. Si puede verse en cambio y con un poco de suerte al martín pescador (Alcedo atthis), que tiene por costumbre atravesar la laguna de un lado a otro con su vuelo rápido y rasante.

Garza real (Ardea cinerea). Foto archivo
El camino continúa bordeando la laguna a través del pinar. Existe otro observatorio más adelante, pero si el caminante pretende observar aves es mejor que ni se acerque a el. Si merece la pena visitarlo -el observatorio- para así maravillarse uno tratando de comprender como pudo una mente (supuesta-mente) humana plantar ahí un observatorio a más de doscientos metros de la orilla y desde el cual debido a la orografía del terreno es prácticamente imposible ver la laguna. Recientemente se construyó un pequeño mirador a media ladera, desde el cual la perspectiva es mucho mejor. Así como otro más arriba en la cima del monte, muy alejado ya para poder observar la laguna, pero con unas maravillosas vistas.

Ya inmersos en el pinar la paloma torcaz (Columba palumbus) sobrevuela nuestras cabezas, los mitos (Aegithalos caudatus) revolotean en grupo por las copas de los árboles, la totovía (Lullula arborea) canta en el borde del bosque y el simpático petirrojo (Erithacus rubecula) se muestra curioso a nuestro paso. Tendrá que tener cuidado de no caer en las garras del gavilán (Accipiter nisus), que vigila en silencio desde su posadero secreto. Sin darnos cuenta, hemos llegado al final del recorrido principal donde otro increíble e inútil observatorio apunta hacia otras tres lagunas más pequeñas, que el terreno y la vegetación impiden ver, aunque sí se puede escuchar procedente de allí el histérico grito del rascón (Rallus aquaticus), pequeño habitante del carrizal que rara vez sale a descubierto.

Dejando ya de lado las lagunas podemos continuar por un sendero más estrecho que discurre entre los pinos, donde zorzales (Turdus philomelos) y mirlos (Turdus merula) alborotan nerviosos al paso del observador y el pito real (Picus viridis) suelta una risotada, como si se burlase de quien trata de observarlo. Por este camino llegamos hasta los restos arqueológicos de dos presas que antaño inundaron la zona, una de origen romano que data del siglo I y otra algo más moderna del siglo XIX.

Desde aquí, al atardecer podremos contemplar como el sol se apaga tras el horizonte tiñendo el cielo de rojo fuego y -si somos pacientes y silenciosos- escuchar los cantos de los búhos real (Bubo bubo) y chico (Asio otus)... quién sabe si a lo mejor también observar cómo sus siluetas extienden el silencioso manto de la noche.

Búho real (Bubo bubo). Foto archivo

 Nos vemos en el campo!


 Javier Álvarez Remírez   



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